
Cuando era niño su recuerdo de la escuela era él junto a otros niños muy derechitos, rezando al comenzar la clase y los gritos de alegría cuando les decían que podían ir a casa a la hora de la salida.
“Al menos una vez a la semana lograba fugarme de la escuela con cualquier pretexto “- contaba Camilo en sus memorias- “Era yo entonces una especie de muñequito rubio y de ojos azules. La profesora me adoraba. Bastaba que la mirase con una intensidad especial, mirada que por otra parte me ha sido útil en la vida, para desarmar cualquier defensa” -Señorita, ¿puedo ir al baño? -Claro, Camilo. Pero no tardes. Y hasta el dia siguiente. Ella probablemente lo sabía pero no debía importarle demasiado.
En realidad el drama de Camilo empezaba desde que su hermana lo despertaba muy temprano con mil argumentos para convencerlo de ir a la escuela.
Y no era porque él sintiera algún odio especial por los colegios, por los libros, profesores o compañeros. Lo que odiaba era sentirse encerrado, preso y sin libertad. No es que en esa época pudiera hacer muchas cosas con su libertad, pero le bastaba con sentirla como una compañera dulce y complaciente.
Siempre recordará a Chelo, su hermana cuando lo despertaba por las mañanas y él decìa: “Chelo estoy mal, no puedo ir a la escuela. Me duele aquí, no puedo moverme, tengo sueño, no quiero ir”.
Y ella repetía los mismos argumento con mucha dulzura: “Si lo pasas bien en la escuela, todos te están esperando, ¿sabes cuánto te quiere la profesora? Vas a aprender muchas cosas”….
…y al final, siempre lo convencía. Camilo cuenta que a lo largo de su vida la cosa que más le ha gustado en su vida es dormir. Levantarse temprano es un castigo que no puede soportar.
Bienvenido a Gracias a la Música en tu Radio Felicidad 88.9
¡Las mejores Canciones de tu vida!
¡Abrazo de oso para todos!
Regina Alcóver.