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El origen de los adornos navideños

Posteado el 16 December 2008 por blogsfelicidad

Tal como les comenté hace unos momentos en nuestro programa, así como el árbol navideño tiene su historia, los adornos navideños también tienen la suya.  

Hace muchos muchos años, cuando en invierno los árboles perdían sus hojas, los alemanes los vestían para que los espíritus buenos que vivían en ellos regresaran pronto. Los adornos más comunes eran manzanas o piedras pintadas. Las bolas de cristal recién se incorporan alrededor de 1750.

Si tienes alguna historia navideña que contar, escríbeme. La recibiré con mucho gusto.


4 Comentarios para “El origen de los adornos navideños”

  1. wilder neyra cisneros Dice:

    hola buenas noches señora regina le escribo desde trujillo, primeramente para felicitarle por su programa y la buena musica que cada momento nos regala a ca uno de los oyentes fanaticos de rla radio, y pedirle musica de pedro infante y musica de leonardo favio , estos dos personas su musica me hacen vibrar. bueno me despido con un deseo de que tengan una bonita navidad y un prospero año nuevo2009, que dios bendiga su hogar y cada hogar peruano un beso enorme y un abrazo de oso

  2. ZILA LUZ Dice:

    SEÑORA REGINA ,DIOS ME LA SIGA BENDICIOENDO EN GRAN MANERA, ES MARAVILLOSO PARA MI PERSONALMENTE SABER QUE CADA DIA ES UD MUY FELIZ ,CUANDO LEE CADA UNO DE LOS MENSAJES

    la Navidad

    Es difícil precisar cuando comenzó a celebrarse la Navidad tal cual hoy la conocemos. Lo cierto es que las costumbres, mitos y leyendas que se le fueron sumando a lo largo de los siglos provienen de muchos países diferentes.

    Tampoco se conoce el día exacto del nacimiento de Jesús, aunque se sabe que fue durante el reinado de Herodes. A mediados del siglo IV, el Papa Julio I estableció la fecha del 25 de diciembre, día próximo a muchas fiestas del solsticio de invierno que se celebran en la antigüedad.

    La aparición de Papá Noel también llamado Santa Claus, Sinterklaas o Pere Noel, según el país- así como la tradición del árbol navideño o la representación del pesebre, son costumbres que provienen tanto de la leyenda como de la realidad.

    La figura de Papá Noel, por ejemplo, esta inspirada en la vida del obispo de Mira - en la actual Turquía- conocido hoy como San Nicolás, que fue muy popular por su bondad y generosidad con los pobres

    EL ÁRBOL:

    Cuando en invierno los árboles perdían sus hojas, los germanos los vestían para que los espíritus buenos que en ellos habitaban regresaran pronto. Los adornos más comunes eran manzanas o piedra pintadas, eso fue el origen de los adornos, las bolas de cristal se incorporan alrededor de 1750 en Bohemia.

    Buena parte de la tradición del árbol de Navidad, en cambio, tuvo su origen en una leyenda europea: se dice que durante una fría noche de invierno, un niño busco refugio en la casa de un leñador y su esposa, que lo recibieron y le dieron de comer. Durante la noche el niño se convirtió en un ángel vestido de oro: era el niño Dios. Para recompensar la bondad de los ancianos, tomo una rama de un pino y les dijo que la sembraran, prometiéndoles que cada año daría frutos. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata. Fue San Francisco de Asis quien populariza la costumbre de armar un pesebre. En su viaje a Belén, en el año 1220, quedo asombrado por la manera como se celebraba allí la Navidad. Entonces, cuando regreso a Italia le pidió autorización al Papa Honorio III para representar el nacimiento de Jesús con un pesebre viviente. A partir de ese momento, la tradición se extendió por Europa y luego por el resto del mundo. Hoy Papá Noel, el arbolito y el pesebre son los símbolos universales de la Navidad. Tan universales como la costumbre de desearles a todos y en todas partes, felices fiestas

    EL PESEBRE:

    La escena que representa el nacimiento de Cristo se fue completando con el paso del tiempo Principio del siglo IV: Cristo en un pesebre y habían solamente una vaca y un asno. A fines del siglo IV: Se agregan una estrella, Virgen María, recién a partir del año 431, con el Concilio de Efeso, aparece en el centro de la imagen.

    LOS REYES MAGOS:

    El Papa San León estableció que eran tres los Reyes Magos que fueron a adorar el niño guiados por una estrella. Melchor, Gaspar y Baltazar.

    Regalos: Oro incienso y mirra

    Significado: Rey y Dios Hombre

    El pavo de Navidad como centro de atención en Nochebuena

    En Nochebuena, los creyentes nos reunimos con la familia, con los amigos, y esta Nochebuena es en realidad eso, una noche muy buena, tanto por la compañía, como por la cena que en esta noche se acostumbra servir y digerir.

    Nochebuena, es una real noche, llena de gozo, alegría y jubilo, pues es una gran oportunidad de reunión familiar. Por ello, la cena de Nochebuena, resulta sumamente importantísima para todos.

    Pero, ¿Qué plato de comida normalmente se sirve en esta fecha tan importante? A la fecha, se acostumbra preparar distintas formas el pavo, por lo mismo, lo podemos ver en nuestras mesas, al horno, frito, pavo en salsa de albaricoques, Pavo trufado, da en guiso, con verduras, con arroz, al vapor, etc., es por ello, que el pavo se ubicaría como pieza primordial del centro de nuestras mesas como invitado principal en esta cena de Nochebuena.

    Pero, ¿Cuál es la procedencia de El pavo de navidad, servido en nuestras meses en Nochebuena?. Según se sabe, el tan riquísimo pavo de navidad, habría sido llevado a Europa en el transcurso del primer periodo de los siglos XVI, por Hernán Cortez desde México. Hernán Cortez habría llevado a esta riquísima ave pues quedo fascinado en México por su sabor, textura y olor, así como el modo de la preparación del pavo por los aztecas.

    En México, se conoce al pavo como “Guajalote”, pero no sólo esta ejemplar ave como lo es el pavo de navidad, es oriundo de México, pues también encontrábamos a este hermosa y riquísima ave en estado salvaje, que vivía en los bosques de Canadá.

    Es por ello que fue muy fácil que está privilegiada ave, se convirtiera en predilecta por los comensales Franceses, por esto lo llamaron “Dinde”, debido a su origen pues en esos tiempos a todo América se le conocía como “Las Indias”. Este animal tan privilegiado es un ave sumamente reproductora y muy accesible de ser criado domésticamente.

    La provincia de Alicante, en España, reproduce el mejor criadero antes encontrado de estas privilegiadas aves, pues ellos se basan en la teoría, de que si les dan de beber a las aves licor, con el fin de emborracharlos, estas aves no sufrirán en el momento del sacrificio, por ello, su carne será mucho mas tierna y agradable al paladar, confirmando estos entredichos los asevera el Gran Gastrónomo Néstor Luján.

    Cabe precisar, que esta exquisita y por demás privilegiada ave, desde el año 1620, se presenta en las mesas en el día de Acción de Gracias, acompañado de diversos potajes como el tan conocido puré de manzanas, o ensalada de verduras, etc. Sírvase con lo que se sirva, se reconoce que esta carne tan deliciosa se debe preparar idóneamente desde un comienzo haciendo macerar la carne del animal.

    Independientemente, de cual fue el acompañante o cual será el acompañante de esta exquisita y privilegiada ave como es el pavo de Nochebuena, siempre estará presente en nuestras mesas, como símbolo de unión familiar, unión amical y sobre todo para deleitarnos con su exquisito sabor y dar gracias a dios por todo lo que nos da día a día.

    Como preparar el Pavo de Navidad

    Ingredientes:
    - 1 pavo entero y limpio,
    - 3/4 de pollo sin hueso y picado,
    - 200 cl. de leche,
    - 1 huevo,
    - miga de pan,
    - 100 gr. de ciruelas,
    - 50 gr. de pasas,
    - 1 manzana verde,
    - vino blanco,
    - 1 copa de brandy,
    - pimienta,
    - sal.

    Preparación del Pavo
    Limpiamos bien el pavo, dejando la cavidad vacía. Bañamos el pavo por dentro y por fuera con brandy, sal y pimienta. Primero elaboraremos el relleno con el pollo, las ciruelas, las pasas, los trozos de manzana y la miga de pan, mojada en leche y huevo batido. Rellenamos la cavidad y se ata con pabilo. Precalentamos el horno y se hornea a 350 grados durante 45 minutos. Bañaremos el pavo mientras se asa con vino blanco. Ponemos una base de hoja de lechuga y col en una bandeja y sobre ella depositamos el pavo. Podemos adornarlo de muchas maneras, por ejemplo, con uvas y arándanos.

    - Esta receta se ha encontrado en: Cocina y Hogar

  3. ZILA LUZ Dice:

    - Cuento La niña de los fosforos

    Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

    Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

    La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

    Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

    Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

    Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

    -Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.

    La niña frotó otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

    -¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

    Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

    Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

    -¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

    Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

    FIN

    Cuento del Arbol de Navidad

    … En una gran ciudad, en nochebuena, bajo un frío intenso, vi un niñito, muy niño aun, de seis años, quizás de menos aun, todavía no lo bastante crecido para que se le hiciera mendigar, pero ya lo suficiente para que uno o dos años más tarde se le enviara a hacerlo, como se liaría sin duda.

    Aquel niño despertó tiritando una mañana, en un sótano húmedo y frío, abrigado con una especie de batita, vieja y raída. El aliento le salía en forma de vapor blanco: sentado en un rincón, sobre un baúl, distraíase activando de propósito su respiración, divirtiéndose con verla salir. Pero tenía mucha hambre. Desde la madrugada se había acercado ya varias veces a la cama de tablas, cubierta con un delgado jergón, en que estaba acostada la madre enferma, con la cabeza apoyada en un montón de harapos a guisa de almohada.

    ¿Cómo ha llegado hasta allí aquella pobre, mujer? Habrá salido sin duda con su hijo de alguna ciudad lejana en que la acometió la enfermedad. La dueña de aquel tugurio ha sido encarcelada dos días antes; hoy es fiesta y los demás inquilinos han salido. Sin embargo, uno de aquellos andrajosos está acostado desde hace veinticuatro horas, borracho perdido sin aguardar la fiesta. De otro rincón brotan los lamentos de una vieja de ochenta años, tullida por el reumatismo. Aquella vieja fue niñera, en su tiempo, quien sabe dónde; ahora se está muriendo, solitaria, gimiendo, quejándose, refunfuñando contra el chico que comienza a tener miedo de acercarse al rincón en que agoniza. Ha encontrado agua en el pasadizo, pero ni siquiera un mendrugo de pan, y vuelve por décima vez a despertar a la madre. Comienza a asustarse en aquel obscuro rincón; la tarde avanza, y sin embargo no hacen fuego. Halla a tientas el rostro de la madre, y se sorprende, de que no se mueva, y esté tan fría como la pared.
    -¿Tanto frío hace? -piensa el chico.

    Permanece inmóvil un rato, con la mano sobre el hombro de la muerta; después se sopla los dedos para calentarlos, y al ver su gorrita sobre la cama, busca despacio la puerta y sale del subsuelo. Hubiera salido antes si no le hubiera atemorizado el perro grande que, allá, arriba, en el pasadizo, ante la puerta del vecino, ladra todo el santo día. Pero el perro ya no está, y hete aquí el chico en la calle.

    -¡Dios mío, qué ciudad!

    Hasta entonces, jamás viera nada semejante. Allá, de donde ha venido, la noche es más obscura; sólo hay un farol para toda la calle; casitas bajas de madera, cerradas con postigos desde que obscurece, ni un alma; todo el mundo se encierra en su casa; sólo una multitud de perros que aúllan, centenares, millares de perros que aúllan y ladran la noche entera. Pero en cambio, allá hacía bastante calor y le daban de comer. Aquí, ¡Dios mío, qué bueno sería comer! ¡qué alboroto hacen aquí! ¡qué tronar! ¡qué luz y qué mundo de gente! ¡cuántos caballos y coches! ¡Y el frío, el frío! El cuerpo de los caballos humea frío, y sus ardientes hocicos soplan vapor blanco; sus herraduras suenan sobre la calzada a través de la blanca nieve. ¡Y cómo se atropella toda esta gente! ¡Dios mío, que ganas tengo de comer un pedacito de cualquier cosa!.. Y ahora que me duelen los dedos.
    Un guardián del orden acaba de pasar y se ha vuelto para no ver al niño.

    «Otra calle más… ¡oh, qué ancha es! ¡Seguro que me van a aplastar aquí! ¡Cómo gritan todos, cómo corren, cómo ruedan… y luces y más luces! ¿Y esto qué será? ¡Oh, qué vidrio grande! Y detrás de este vidrio un cuarto, en ese cuarto un árbol que sube hasta el techo; es el árbol de nochebuena… ¡Y cuántas luces hay debajo del árbol! ¡Cuánto papel de oro y manzanas, rodeados de muñecos, de caballitos! Hay muchos niños en el cuarto, bien vestidos, muy limpiecitos; ríen, juegan, comen, beben cosas. Aquí una Micuela que baila con otro chico: ¡qué linda es la chiquita! Allá, la música que se oye a través del vidrio.

    El niño contempla admirado y ríe; ya no siente el dolor de los dedos ni de los pies, los dedos de su manita se han puesto cárdenos, no los puede doblar y le hacen mal al intentarlo. De pronto siente que le duelen los dedos: llora y se aleja. Divisa, a través de otro cristal, otra habitación y más árboles y pasteles de toda clase sobre la mesa; almendras rojas, amarillas. Cuatro hermosas damas se hallan sentadas y alguien llega, entran muchos señores. El chico se ha deslizado, ha abierto de pronto la puerta y se ha colado. ¡Oh, cuánto ruido hacen al verle, qué agitación! Al punto una dama se levanta, le pone un kopeck en la mano y le abre ella misma la puerta. ¡Qué miedo tuvo!
    El kopeck se le ha caído de las manos y ha repiqueteado en el peldaño de la escalera: ya no podía apretar lo bastante sus deditos rojos, para llevar la moneda. El niño salió corriendo y caminó ligero, ligero. ¿Dónde iba? lo ignoraba. Querría llorar, pero tiene mucho miedo. Y corre, corre, soplándose las manitas. Y el pesar se apodera de él ¡se siente tan abandonado, tan azorado! Y de repente, ¡Dios mío! ¿qué otra cosa ocurre? Una multitud permanece allí y mira: En una ventana, detrás del cristal, tres muñecas bonitas, vestidas con ricos vestidos rojos y amarillos, y todo, todo como si fueran vivas! Y aquel viejecito sentado que parece tocar el violín. Hay también dos más, parados, que tocan pequeños, pequeñísimos violincitos y mueven la cabeza a compás. Se miran uno a otro, y sus labios se mueven: ¡hablan de verdad! Sólo que no se les oye a través del vidrio» Y el niño piensa primero que están vivos y cuando comprendo que son muñecos, se echa a reír. ¡Jamás ha visto muñecos semejantes, y no sabía que los hubiera así! ¡Y quisiera llorar, pero es tan gracioso, son tan graciosas esas muñecas!

    De repente se siente asido de la ropa; a su lado se halla un muchacho grande y malo que lo da un puñetazo en la cabeza, lo arranca los calzones y le hace una zancadilla. El niño cae. Al mismo tiempo la gente grita; él se queda un momento rígido de pavor, luego se levanta de un brinco y echa a correr; corre, enfila una puerta cochera, no sabe donde, y se oculta en un patio, detrás de una pila de leña.
    -Aquí no me hallarán, hay mucha obscuridad. -Se acurruca y se encoge; tal es su espanto que apenas se atreve a respirar.

    Y de pronto siente un bienestar, sus manitas y sus piececitos no le duelen ya, tiene calor, tanto calor como al lado de una estufa, y todo su cuerpo se estremece. ¡Ah, va a dormirse! ¡qué agradable es dormir!

    -Me quedaré aquí un momento y luego volveré a ver las muñecas -pensaba el pequeñuelo, que sonrió al recordar las muñecas. -¡Todo como si estuvieran vivas!

    Ahora, hete aquí que oye la canción de su madrecita. Mamá, estoy durmiendo… ¡Ah, qué bien se está aquí para dormir!»

    -Ven a mi casa, niñito, a ver el árbol de Navidad, -pronunció una voz suavísima.

    Pensó primero que era su madrecita; pero no, no era ella.

    ¿Quién le llama? No sé. Pero alguien se inclina sobre él y le envuelve en la obscuridad, y él tiende la mano y de pronto… ¡Oh, qué luz! ¡Oh, qué árbol de Navidad! No, eso no es un árbol de Navidad, nunca lo ha visto ni parecido.
    ¿Dónde se encuentra? Todo brilla, todo irradia, y hay muñecos en derredor; pero no, muñecos no, varoncitos y mujercitas, sólo que resplandecen mucho. Todos giran a su alrededor, revolotean, le besan, le toman, le llevan, y él mismo tiende el vuelo. Y ve a su madrecita que le mira y le sonríe con alegría.

    –¡Mamita, mamita! ¡ah! qué lindo es aquí, -le grita el pequeñuelo. Y de nuevo abraza a los niños y quisiera contarles también la historia de las muñecas que vio detrás del vidrio. ¿Quiénes sois, chiquillas? -pregunta riéndose y amándolas.
    Es el árbol de nochebuena del Niño Jesús.

    En casa de Jesús, para aquel día, hay siempre un árbol de Navidad para los niñitos que no tienen árbol propio.

    Y supo que todos aquellos varoncitos y mujercitas eran niños como él, unos muertos de frío en las canastas en que los habían abandonado a la puerta de las casas de los funcionarios de San Petersburgo, los otros muertos en casa del ama de cría, en las isbas sin aire de los Tehaukhnas, algunos muertos de hambre en el seno agotado de sus madres, durante la calamitosa carestía, otros envenenados por la infección de los vagones de tercera clase. Todos están allí, todos son angelitos, todos se encuentran en casa de Jesús, y El mismo entre todos, extendiendo las manos sobre ellos, bendiciéndoles, a ellos y a sus pecadoras madres.

    Y también las madres de los niños están allí, apretadas, y lloran; cada cual reconoce su hijo o su hija, y los niños revolotean hacia ellas, las besan, enjugan sus lágrimas con sus manecitas, y les suplican que no lloren, pues se hallan también allí.

    Y abajo, por la mañana, el conserje encontró el cadáver del niño refugiado en el patio, helado, detrás de la pila de leña. También se encontró a la madre en el sótano.

    Había muerto antes que él; ambos se han visto en el cielo, en la casa del Señor…

    - Cuento el Regalo de los Reyes Magos

    Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

    Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

    Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

    Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de “Mr. James Dillingham Young”.

    La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”. Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

    Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

    Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

    La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

    Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en sus ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

    Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la “Sofronie” indicada en la puerta.

    -¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

    Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

    La áurea cascada cayó libremente.

    Veinte dólares -dijo Madame sopesando la masa con manos expertas.

    Démelos inmediatamente -dijo Delia.

    Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

    Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había registrado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto -tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veinte dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

    Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea mastodóntica.

    A los veinte minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante cimarrero. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

    “Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?.”

    A las siete de la tarde el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

    Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita”.

    La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

    Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

    Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

    -Jim, querido -le gritó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

    -¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

    -Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

    Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

    -¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

    -Se está viendo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

    Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

    Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

    -No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

    Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

    Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

    Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

    -¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

    Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

    -¡Oh, oh!

    Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

    -¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

    En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

    -Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

    Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

    La Estrella de Belen

    La Biblia relata cómo una estrella guió a los tres Magos desde Oriente y señaló el lugar donde se encontraba el Niño Dios al detenerse sobre el pesebre. Este milagro ha intentado explicarse a través de muchas teorías. Entre otras, que se trataba del brillante planeta Venus, del paso de los cometas Halley o Hale-Bopp, de una supernova, una ocultación de la luna… Una de las hipótesis más aceptadas fue la que propuso en 1606 Johannes Kleper.

    Según este astrónomo, se trataría de una rara triple conjunción de la Tierra con los planetas Júpiter y Saturno, pasando el Sol en esos momentos por Piscis. Esta conjunción se presenta a los ojos del observador terrestre como una sola estrella muy brillante.

    Otra hipótesis más reciente en el tiempo es que se trataba de una nova brillante observada cerca de la estrella Theta Aquilae. La estrella de Belén se conmemora situándola tanto en la representación del pesebre como en la punta del árbol de Navidad.

    El significado de las doce uvas

    Dice la gente que comerse las doce uvas a medida que van sonando las campanadas de medianoche es una manera de empezar el nuevo año con buena suerte.

    Otras creencias populares relacionadas con la última noche del año:

    - Utilizar ropa interior amarilla trae mucha prosperidad.

    - Utilizar ropa interior roja permitirá encontrar el amor ideal.

    - Si la ropa interior se usa al revés, se tendrá mucha ropa nueva.

    - Sacar las maletas a la puerta de la casa traerá muchos viajes

    La tradición de los juguetes

    La noche de Reyes es una de las más felices para todos los niños que tendrán sus regalos. Fue a mediados del siglo XIX cuando se representó a los Reyes Magos como portadores de juguetes para los niños.
    Hasta entonces, los obsequios eran mucho más cotidianos: Gaspar traía caramelos y golosinas, requesón, miel o frutos secos; Melchor regalaba prendas de vestir o calzado y Baltasar era el encargado de castigar a los niños que habían sido malos durante el año con carbón, leña o piedras (en la actualidad fabricados con azúcar).

    La tradición de los juguetes sigue muy viva en España, México, Paraguay o ciertas zonas de la República Dominicana.

    SEÑORA REGINA ME GUSTA COLECCIONAR HISTORIAS ,INCLUSIVO ESCRIBO POEMAS MUCHAS VECEZ HISTORIAS; ES POR ESO QUE LAS COLECCIONO DE INTERNET Y ESO ME SIRVE DE GUIA.
    POR ESO QUIERO COMPARTIR CON UD. ALGUNAS COSITAS DE MI COLECCION.
    CUIDESE .
    DIOS ME LA BENDIGA MUCHISIMO. Y RECUERDE QUE LA QUIERO Y RESPETO MUCHISIMO
    Gracias reina, por tomarte el tiempo de enviarnos cosas lindas,lo mejor para ti esta navidad y el 2009 que empieza un abrazo de oso! Regina.

  4. zila Dice:

    SEÑORA REGINA. SALUDANDOLA EN EL NONBRE DE JESUS LE COMPARTO ESTOS MENSAJES.
    DIOS LA SIGA ENRRIQUESIENDO CON EL MISMO ESPIRITU DE AMOR QUE TIENE.

    La Navidad es tiempo de paz. De paz con uno mismo, de paz en la conciencia. Siempre que me pregunto ¿porqué no existe paz en el mundo?…, vienen a mi mente las palabras de un autor contemporáneo, que afirmaba, que falta paz en el mundo, porque falta la paz en los corazones de los hombres. Yo deseo sinceramente, la paz en el corazón de cada uno de los peruanos.

    Navidad es tiempo de perdón. Perdonar es muy propio de las almas grandes. Yo deseo también esa grandeza de alma para todos los peruanos. La grandeza de perdonarnos unos a otros. De perdonar nuestros hierros, de perdonar a los que nos hayan ofendido, voluntaria o inadvertidamente. De perdonar a nuestros adversarios, porque no es de buenos seres humanos, de personas solidarias, el tener enemigos. El rencor sólo daña al que lo tiene, no al que lo provoca. Por eso, yo los invito a que en esta Navidad, sepamos perdonar a todas aquellas personas que han provocado malos sentimientos en nuestras almas, para que, la enorme paz que provoca el perdón humano, irradie a nuestros semejantes, y fortalezca a nuestra sociedad peruana.

    Pero Navidad es también tiempo de esperanza y de alegría. Esperanza en un mejor porvenir, esperanza de una vida más plena y más feliz para nosotros y nuestras familias. Y alegría por el reencuentro, por el reencuentro con nuestra fe, con nuestros valores más trascendentes, y con personas de nuestra familia, que vemos, a veces, después de largos períodos de ausencia. Y para los creyentes, la alegría que provoca el nacimiento del Salvador, de ese niño-Dios, que viene con un mensaje de paz, de esperanza y de amor fraterno.

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